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La soledad de los hijos de las víctimas de trata de personas



Historia basada en un caso real. Se han omitido y modificado datos para proteger la identidad del niño y de su familia.


Desde hace varios años acompañamos la historia de un niño colombiano que hoy tiene aproximadamente diez años. Su caso nos obliga a reflexionar sobre una realidad de la trata de personas de la que todavía hablamos poco: qué ocurre con los hijos e hijas de las víctimas y qué respuestas necesitan cuando las consecuencias de esas violencias empiezan a manifestarse en su desarrollo.


Su madre fue víctima de trata de personas con fines de explotación sexual, estuvo expuesta durante años a múltiples violencias y murió cuando él era todavía muy pequeño. Después de su muerte, el niño necesitó protección institucional y posteriormente fue posible vincularlo nuevamente con miembros de su familia. Durante un tiempo contó con una persona que asumió de manera cercana su cuidado y le ofreció una referencia afectiva y familiar.


Con el paso de los años, esa red comenzó a debilitarse. La persona que principalmente lo acompañaba dejó de estar físicamente cerca y el niño pasó a depender de otros familiares. No se trató necesariamente de un abandono repentino, sino de una disminución progresiva del acompañamiento cotidiano, cambios entre las personas responsables de su cuidado y una pérdida de estabilidad en las figuras adultas que deberían ofrecerle seguridad y orientación.


En ese proceso también comenzaron a aparecer comportamientos cada vez más difíciles para la familia: conductas de hurto, permanencia prolongada fuera de casa, dificultades para aceptar normas y respuestas desafiantes. Quienes lo conocen también describen a un niño afectuoso y con una enorme necesidad de atención. Esa contradicción es importante: un niño puede ser profundamente cariñoso y, al mismo tiempo, presentar conductas que agotan, desbordan y terminan alejando a quienes intentan cuidarlo.


Reducir esta situación a que es un niño “problemático” o “inaguantable” puede profundizar su aislamiento. Sus conductas requieren límites y tienen consecuencias, pero también es necesario comprender qué pueden estar expresando. Un niño que ha acumulado pérdidas, cambios de cuidadores y experiencias tempranas de violencia puede relacionarse desde la desconfianza, la provocación o la búsqueda permanente de atención. En ocasiones, las mismas conductas con las que intenta protegerse terminan deteriorando los vínculos que más necesita conservar.


Existe además una especial fragilidad familiar. El niño no cuenta con su madre ni con su padre como figuras disponibles de cuidado y sus abuelos son personas de edad avanzada. Su situación ya ha requerido previamente intervención del sistema de protección. No estamos, por tanto, frente a una vulnerabilidad reciente, sino frente a una trayectoria conocida de pérdidas, reorganizaciones familiares y necesidad de acompañamiento institucional.


Según la información recibida por la Fundación Empodérame y puesta en conocimiento del Instituto Colombiano de Bienestar Familiar, el niño estaría permaneciendo largos periodos en la calle, incluso algunas noches fuera de su vivienda. También se reportó que habría sufrido agresiones en espacio público, presenta conductas de hurto y se encuentra en una situación de deterioro y desprotección especialmente preocupante por su edad.


La respuesta no puede pensarse únicamente en corregir esas conductas. Un niño de diez años que permanece en la calle, duerme fuera de casa o presenta comportamientos de hurto requiere que nos preguntemos qué está ocurriendo en su historia, qué pérdidas ha acumulado, qué tan estables han sido sus vínculos y quién ocupa actualmente un lugar adulto protector en su vida.


Los hijos e hijas de las víctimas de trata pueden crecer atravesados por la pérdida, la inestabilidad familiar, los cambios de cuidadores, los silencios, el miedo, la exposición a violencias y, en algunos casos, la muerte violenta de una figura significativa. La familia también resulta afectada: abuelas, hermanas, tíos u otros familiares terminan asumiendo responsabilidades mientras enfrentan su propio duelo, limitaciones económicas, envejecimiento o distancia geográfica. Por eso no basta con mirar al niño de manera aislada; también es necesario intervenir y fortalecer su red de cuidado.


En la infancia, el trauma no siempre aparece mediante un relato claro de lo que se siente. Puede expresarse en problemas de regulación emocional, impulsividad, agresividad, dificultades escolares, búsqueda intensa de aceptación, permanencia fuera de casa o conductas que los adultos interpretan únicamente como indisciplina. Esto no significa justificar el hurto o cualquier comportamiento que perjudique al niño o a terceros. Significa comprender que sancionar por sí solo no modifica necesariamente aquello que origina la conducta.


Por eso este caso requiere una intervención especializada, no solamente una verificación administrativa. Es necesario valorar su trayectoria de vida, sus pérdidas, sus vínculos actuales, su percepción de seguridad, su estado emocional y las condiciones reales de cuidado. También debe establecerse si quienes hoy lo acompañan cuentan con herramientas y apoyo suficientes para responder a las necesidades de un niño con una historia de esta complejidad.


La intervención debería involucrar profesionales con conocimientos en trauma infantil, apego, duelo, violencia sexual, trata de personas y restablecimiento de derechos. También debe incluir a la familia, porque los cuidadores necesitan herramientas para establecer límites sin convertir el agotamiento en una nueva ruptura del vínculo. Pedir a una familia que sostenga sola una situación de esta complejidad puede terminar trasladándole una responsabilidad que exige corresponsabilidad institucional.


La trata no termina necesariamente cuando termina la explotación ni cuando muere la víctima. Sus consecuencias pueden continuar en los hijos y en las familias que quedan intentando reconstruirse. Por eso los hijos e hijas de víctimas de trata requieren seguimiento prolongado, atención psicológica especializada y redes adultas suficientemente fortalecidas para sostenerlos en el tiempo.


Este niño ya había necesitado al Estado cuando perdió a su madre. Hoy su historia muestra que esa protección se sigue necesitando. Sus comportamientos pueden ser difíciles y agotadores para quienes intentan cuidarlo, pero precisamente allí debería comenzar la intervención experta, antes de que esas mismas conductas terminen dejando todavía más solo a un niño que ya ha perdido demasiado.


Esperamos que “su tutor” el ICBF le cumpla con los cuidados que requiere.




 
 
 

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