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Camila Santillana: un testimonio que salva vidas de la trata a mujeres colombianas

Camila Santillana, joven paisa, habló sin adornos de una etapa que el mercado de la prostitución vende como “glamur”: dijo que hubo un día en que tuvo que estar con diez hombres; que vivía en hoteles atendiendo uno tras otro; que para soportarlo se drogaba todos los días; que apagó sus emociones y se puso en piloto automático para sobrevivir. No hace falta que se ponga la camiseta abolicionista para reconocer lo esencial: esa es la voz de una sobreviviente.


Cuando una mujer decide contar lo que le pasó, el país tiene que escuchar.


Camila nombra con su propia experiencia conceptos que la psicología del trauma conoce bien.

Disociación. Cuando cuenta que se desconectó de sus emociones, que funcionaba como si no fuera ella, describe un mecanismo de defensa del cerebro frente a la violencia reiterada. La mente separa lo que siente de lo que ocurre para poder seguir viviendo.


Supresión emocional y mentira de felicidad. El brillo hacia afuera —lujos, viajes, fotos— convive con la tristeza, el vacío y el llanto en soledad. No es hipocresía: es la coraza que el sistema exige para seguir “rindiendo”.


Consumo problemático de sustancias. “Me drogaba todos los días”. El consumo aparece como anestesia frente al dolor y, a la vez, como cadena que aumenta el control sobre el cuerpo de las mujeres.


Colapso y punto de quiebre. “¿Camila solo sirve para esto?”. Esa pregunta es el momento en que la conciencia irrumpe y se abre la posibilidad de salir, si hay red, cuidados y alternativas reales.


Infancia y vulnerabilidad. Camila es huérfana. Las carencias afectivas y la desprotección en la niñez no “destinan” a nadie a nada, pero sí abren puertas de riesgo que redes proxenetas y tratantes saben explotar.


Nada de esto es una anécdota individual: es el patrón que vemos una y otra vez en mujeres sometidas a explotación sexual.


Aunque los medios titulen “trabajo sexual”, lo que Camila relata encaja en la definición internacional de trata de personas con fines de explotación sexual: captación en la adolescencia, traslado transnacional a México, alojamiento en hoteles para atender a múltiples hombres al día, control a través del aislamiento y del consumo, aprovechamiento de su situación de vulnerabilidad. Eso es trata.


Nombrarlo importa, porque cuando se reconoce la trata cambian las obligaciones del Estado: ya no es un “oficio”, es un delito que exige protección, reparación y justicia, incluyendo medidas de seguridad, atención psicosocial trauma‑informada, tratamiento de adicciones, regularización migratoria cuando aplica y rutas de retorno o reubicación seguras.


México y la ruta silenciada


Camila dijo que a los 19 viajó a México a “continuar” con el oficio. Su descripción vivir en un hotel, pasar de una habitación a otra, atender a diez hombres en un día es la postal de una ruta transnacional de trata que ha movido a miles de jóvenes colombianas hacia ciudades mexicanas, centroamericanas y españolas. La promesa es dinero rápido; la realidad, aislamiento, control, violencia y un mercado que deshumaniza.

Esta ruta persiste porque hay demanda (hombres que pagan por acceso sexual), intermediarios (proxenetas que organizan el negocio) y vacíos estatales: falta de planes de salida, de cooperación judicial eficaz, de protección consular, de refugios especializados y de reparación. Si algo desnuda el testimonio de Camila es la hipocresía de un sistema que celebra los lujos de Instagram y calla el costo humano que hay detrás.


Camila, eres muy valiente


Por contar lo indecible, por no maquillar el dolor, por decir que llorabas todos los días aun con la billetera llena, por admitir que las drogas fueron un flotador en medio del mar. Eso es valentía. Tu historia no romantiza: revela. Y al revelar, abre la puerta a que otras se reconozcan y pidan ayuda sin vergüenza.

No basta con aplaudir el valor de Camila. Hay que transformar la política pública para que ninguna tenga que atravesar lo mismo. Desde Empodérame proponemos una salida abolicionista que ponga el foco donde debe estar: en la demanda y en la protección de las mujeres.


1) Perseguir la demanda y a quienes lucran. Sancionar a puteros y proxenetas, no a las mujeres explotadas. Cuando el comprador es el infractor, se desplaza el estigma y se desincentiva el mercado.


2) Planes de salida reales, financiados y sostenibles. Vivienda segura (modelo housing‑first), ingresos, empleo protegido, educación y formación con beca, cuidado infantil, documentación e identidad, tratamiento de adicciones, atención en salud mental, seguridad y acompañamiento jurídico. Salir no es “querer”: es poder hacerlo con apoyo integral.


3) Cooperación Colombia–México (y consular) centrada en víctimas. Equipos conjuntos de investigación para desmantelar redes, protocolos de retorno/reubicación dignos y seguros, defensoría pública transnacional y albergues especializados. La ruta es transnacional: la respuesta también.


4) No criminalización y justicia reparadora. Reconocer que muchas mujeres fueron forzadas a roles secundarios en cadenas de explotación. Priorizar medidas alternativas, borrar antecedentes derivados de la supervivencia, garantizar reparación integral.


5) Enfoque feminista e interseccional. Poner en el centro a mujeres afro, indígenas, migrantes y jóvenes en pobreza, históricamente más expuestas; escuchar a sobrevivientes en el diseño de programas.


6) Medios responsables. No titular “glamur” ni “vida fácil”. Nombrar la trata, evitar el sensacionalismo, no revictimizar. El lenguaje también puede ser reparatorio o violento.


¿Por qué la salida abolicionista?


Porque desplaza la responsabilidad de los cuerpos de las mujeres a quienes compran y lucran. Porque obliga al Estado a crear alternativas concretas. Porque reconoce que la prostitución no es una solución de pobreza, sino un dispositivo de desigualdad. Y porque evita escenas de impunidad como las que vimos en Medellín: puteros que se sienten con derecho a capturar mujeres en plena calle y autoridades que los legitiman.

Camila, si lees esto: gracias por tu valentía. Nos gustaría reunirnos contigo, escucharte con calma y pensar juntas cómo tu experiencia puede ayudar a proteger a otras. Nadie debería cargar sola con una historia así. Si así lo deseas, nuestras puertas están abiertas.


A quienes gobiernan: dejen de mirar hacia otro lado. Una política seria de salida abolicionista es posible si se financia, se coordina y se pone a las sobrevivientes en el centro. El costo de no hacerlo se mide en vidas quebradas que después pretendemos “reintegrar” con discursos.

A las mujeres que hoy se sienten en piloto automático: no están solas. Lo que les pasa tiene explicación y salida. Aquí hay redes feministas dispuestas a creerles, a acompañarlas y a caminar con ustedes hacia una vida con propósito, cuidado y dignidad.


Si necesitas ayuda o quieres acompañamiento, escríbenos. Si eres aliada/o y quieres apoyar planes de salida, contáctanos para sumar esfuerzos. Transformar esta realidad es una tarea colectiva.



 
 
 
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