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El inglés como barrera estructural en la filantropía y los proyectos para sobrevivientes de trata


Por: Claudia Yurley Quintero Rolón


Ana y Marisol han recorrido diferentes procesos en su vida, pero sus historias representan una paradoja desalentadora en la filantropía internacional. Ambas son mujeres latinoamericanas sobrevivientes de trata de personas que han logrado convertir la experiencia vivida en liderazgo, cuidado y oportunidades para otras mujeres en sus comunidades. Han avanzado en sus procesos personales, sanando y acompañando a otras en riesgo. Sin embargo, al buscar participar en espacios globales que hablan de “liderazgo de sobrevivientes de trata de personas”, encuentran que su valioso aporte queda condicionado a un requisito difícil para ellas: el dominio del inglés avanzado.


Ana lidera una iniciativa comunitaria que ha transformado vidas en Medellín, Colombia. Cuando encontró una convocatoria internacional para consultoras con experiencia vivida, todos los formularios y procesos estaban en inglés. Esa sola condición le cerró una puerta que, en teoría, debía estar abierta para mujeres como ella. Su liderazgo permanece firme en el terreno; su acceso al mundo institucional, no. Marisol, una mujer venezolana con experiencia práctica acompañando a otras en riesgo, fue invitada a un panel internacional crucial. Le sugirieron que la presentación sería “más efectiva” si podía ser en inglés. A pesar de su conocimiento, su voz no llegó al panel.


Estas experiencias son parte de una realidad estructural extendida en la filantropía global. El sector afirma que las sobrevivientes deben estar en el centro de la acción, pero los espacios clave se diseñan en un solo idioma: convocatorias, documentos de trabajo, informes de resultados y reuniones estratégicas.


La exigencia del inglés opera como un filtro invisible y poderoso que decide quién tiene la autoridad para hablar y quién puede incidir realmente. La mayor parte de los proyectos de intervención social en América Latina se ejecutan en español o, en el caso de Brasil, en portugués. Aun así, la toma de decisiones, la evaluación y el acceso a los recursos se centralizan en espacios y documentos angloparlantes.


Esta estructura excluye de facto a las lideresas comunitarias que están actuando donde ocurre la explotación, donde se gestan las soluciones y donde se construyen redes de cuidado. Es fácil encontrar ejemplos en el sector. Programas de becas internacionales para jóvenes líderes de las Américas estipulan como requisito explícito el “dominio en la lectura, escritura y habla del inglés” para la postulación. Puestos clave en organismos multilaterales en América Latina, incluso para consultorías locales en derechos humanos, a menudo priorizan o exigen fluidez en inglés.


Exigir a las víctimas de la explotación que se adapten a la lengua de los grandes donantes antes de permitirles liderar sus propios procesos reproduce desigualdades coloniales.


Desde mi experiencia en la práctica psicosocial y la defensa de derechos humanos, la superación de la explotación implica la recuperación de la voz y la ocupación legítima del espacio público. Nombrar, proponer y dirigir son actos de reparación que fortalecen la autoeficacia y el empoderamiento.


Esa exclusión lingüística puede generar un impacto emocional significativo. La sensación de volver a ser espectadoras en espacios que públicamente dicen incluirlas produce frustración y, en el contexto de un trauma, puede vivirse como una forma silenciosa de revictimización o discriminación.


Esta exclusión limita drásticamente la pertinencia y sostenibilidad de los proyectos. Cuando las decisiones se toman lejos de las mujeres que conocen los riesgos reales y las dinámicas territoriales, las acciones pierden eficacia. Esta barrera, además, genera una dependencia perjudicial de la intermediación. Se refuerza un mercado de “traducción de experiencias” en lugar de un fortalecimiento directo de liderazgos locales. Los recursos, que deberían ir a las bases, se quedan en organizaciones y consultoras que ya están integradas en el mundo angloparlante. Al final, el sector habla de participación real y de liderazgo de sobrevivientes, pero al condicionar la entrada al dominio de un idioma específico, limita quién puede ser considerada una voz experta.


La inclusión auténtica comienza en el diseño de los procesos, no en la etapa final de traducción. No se trata de traducir el informe de cierre, sino de planear desde el principio con la multiplicidad de idiomas de la región. Un enfoque multilingüe asegura que las mujeres puedan liderar desde sus territorios lingüísticos y culturales. Reconocer el español y otras lenguas como idiomas legítimos para pensar, planear y decidir implica redistribuir el poder.


El sector puede avanzar mediante medidas concretas:


  • Integración de personas de origen latinoamericano en los grupos de trabajo de cooperantes y procesos de selección accesibles en español o el idioma local.

  • Roles bilingües integrados que acompañen la comunicación emocional y cultural, más allá de la traducción literal.

  • Presupuestos obligatorios para accesibilidad lingüística, entendida como una medida de justicia social.

  • Uso ético de tecnología para traducción e interpretación, siempre bajo verificación humana.

  • Desarrollo de capacidades en inglés para quienes lo deseen, sin que sea requisito para acceder a financiación o decisión.


La filantropía tiene la oportunidad de derribar esta frontera invisible que limita el cambio social. Y hay ejemplos concretos de que este cambio es posible: recientemente tuve el privilegio de unirme a SPACE International, una organización que, a pesar de las limitaciones presupuestales, apostó por la inclusión de mujeres hispanas en sus procesos. Hicieron un esfuerzo genuino por derribar la barrera lingüística, incorporando interpretación y diseñando espacios para que las voces del Sur Global se integraran desde su quehacer. Ese compromiso demuestra que las soluciones más profundas y sostenibles crecen donde se escuchan todas las voces.


Publicada originalmente en:



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