Al borde de los márgenes: cuando las sobrevivientes toman la palabra
- Prensa Empoderame
- hace 54 minutos
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El jueves 22 de enero de 2026, en una sala virtual que conectó a América Latina y el Caribe con una audiencia internacional, se abrió un espacio poco habitual en los debates globales sobre trata y prostitución: un espacio donde las sobrevivientes no fueron invitadas a testimoniar, sino a pensar, interpretar y disputar el sentido político de la explotación sexual.
La mesa redonda virtual Al borde de los márgenes / At the Edge of the Margins, organizada por la Coalición contra la Trata de Mujeres (CATW) y SPACE International, fue moderada por Taina Bien-Aimé, directora ejecutiva de CATW, y se desarrolló en español con interpretación simultánea al inglés.
En la discusión se habló de como la prostitución y la trata de personas no podían analizarse de forma separada, no son fenómenos aislados ni “elecciones individuales”, se reconocen como herencias vivas del colonialismo, la esclavitud y el racismo.
Taina Bien-Aimé abrió el diálogo situando la prostitución como una institución introducida y normalizada durante la colonización europea de América. Recordó que los cuerpos de mujeres indígenas y africanas esclavizadas fueron convertidos en mercancía sexual para sostener economías coloniales y Estados nacionales, y que ese mismo sistema aunque actualizado sigue operando hoy bajo nuevas narrativas legales y económicas. Las cifras multimillonarias de la industria sexual, frecuentemente minimizadas o maquilladas por organismos internacionales, aparecieron como telón de fondo de una discusión que no buscaba neutralidad.
En ese escenario tomaron la palabra Graciela Collantes, desde Argentina; Nora Esther Iregui Corpas, desde la experiencia migrante entre Venezuela y Colombia; y Claudia Quintero en Colombia. Todas sobrevivientes y con trayectorias distintas. Todas coincidieron en algo fundamental: no se puede hablar de prostitución sin hablar de violencia.
Cuando se les preguntó qué las había llevado a alzar la voz, las respuestas no apelaron a relatos heroicos ni a narrativas de superación individual. Hablaron, más bien, de necesidad. De indignación. De una urgencia ética por nombrar lo que durante años se ha querido normalizar. En palabras de Claudia, no se trata de inspiración, sino de una confrontación directa con un sistema que intentó destruirlas y que sigue trabajando contra millones de mujeres y niñas.
El debate se volvió especialmente denso cuando la conversación giró hacia el lenguaje. El término “trabajo sexual”, hoy ampliamente aceptado por agencias internacionales, algunos gobiernos y grandes fundaciones, fue señalado como una construcción política del lobby pro-proxeneta, diseñada para legitimar la explotación sexual y desactivar la obligación de los Estados de proteger, reparar y garantizar derechos.
Las panelistas contaban como el lenguaje no solo describe la realidad también la produce. Y que cuando la prostitución se nombra trabajo, las mujeres dejan de ser reconocidas como víctimas y pasan a ser vistas como trabajadoras con “malas condiciones laborales” o simplemente “Mujeres de la vida alegre”.
Desde la experiencia colombiana, se contó cómo este desplazamiento semántico ha tenido efectos concretos en la justicia: fiscales que no reconocen víctimas, jueces que minimizan la violencia, Estados que eluden su responsabilidad. Señaló también cómo, ante la presión social y política de las sobrevivientes, el sistema ha mutado su discurso hablando ahora de “actividades sexuales pagadas” sin abandonar el objetivo central: normalizar la explotación sexual.
La tercera parte del diálogo abordó un tema incómodo pero ineludible: el rol de la filantropía internacional. Mientras millones de dólares se destinan a organizaciones que promueven la despenalización de compradores y proxenetas, las voces sobrevivientes, especialmente en el Sur Global, continúan siendo excluidas de los espacios de financiación, decisión y poder. Frente a ese escenario, las panelistas hablaron de redes, de articulación regional, de llevar los casos a sistemas internacionales de derechos humanos, de insistir incluso cuando se cierran puertas.
En este evento la explotación no fue presentada como un “debate difícil de abordar” sino como un sistema de violencia sostenido por desigualdades históricas.
La mesa cerró con una consigna común: las sobrevivientes ya no están en los márgenes.




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