Todavía tenemos tiempo

Actualizado: 7 sept 2021



El tiempo pasa inevitablemente y con él los momentos que en algún período de nuestras vidas han sido efímeros, profundos, pero también turbulentos. El tiempo no se detiene, es implacable. No importa cuán duro conspire el universo contra él, siempre está ahí, paciente, sereno, conforme y tolerante ante el torbellino de sentimientos que invade el espíritu humano.

Lilí, es una campesina que ha vivido toda su vida en una veredita de un pueblo ya olvidado del departamento del Cauca. Desde muy joven, tuvo una hija, “Mireya” y dedicó su alma entera, para que en medio de su miseria, nunca le hiciera falta nada. En su hogar, forjó toda su historia y de esta forma, el tiempo, compañero fiel, fue testigo de ver crecer a una niña soñadora, resistente a la pobreza, humilde y luchadora; tales cualidades, las heredó de su mamá.

Los años pasaron y Lilí vió con asombro la transformación inevitable de su existencia, la piel ajada, salpicada por el paso del tiempo, la volvieron una mujer más silenciosa, más trémula. Su vida no ha sido fácil, pero ha resistido con dignidad los vericuetos de un destino que nunca tuvo la oportunidad de elegir. Jacinto su esposo, era el sostén de su alma, y sin él, se sentía desnuda ante un mundo que la devoraba dia a día con todo su poder.

Pero ¿Qué hubiera dado aquella mujer, porque su hija viviese el mismo estado de protección y de amor con la que ella coexistió?, como toda buena madre hubiera dado la vida. Mireya no contó con tanta suerte; a los quince años salió a encontrar su futuro y halló el más desafortunado de los sufrimientos. Un hombre, el que decidió que iba a ser dueño de su corazón, la maltrataba, la golpeaba, humillándola y desprestigiándola hasta tal grado de hacerle creer que su existencia no valía nada. Lilí lo sabía, vió a su hija tantas noches, golpear a su casa y con moretones en su rostro, rogarle que la dejara quedar una noche con sus hijos. De esta manera, una noche fue tan solo el comienzo de muchos días en que su hija la buscaría para el mismo propósito.

Han pasado ya un par de años, y Lilí desea devolver el tiempo para cambiar la trama de su historia. Su hija Mireya ha muerto a manos de su pareja; su cuerpo desvencijado, no soportó más maltrato y cayó al suelo, tras un disparo convulsivo y certero que de ipsofacto le llegó al corazón. Sí, a ese corazón herido, sometido a recibir toda clase de agravios producto de un infame ególatra que nunca la valoró. Mireya nunca escuchó los consejos de su madre, no permitió que su humanidad tuviera un cambio transformador, capaz de resaltar la belleza de su alma y el poder beligerante de su espíritu. El tiempo se encargó de escribir con lágrimas de sangre su historia, pero Lilí, su madre, aunque sabe que el dolor del pasado lacera su alma, está dispuesta a continuar su vida como una rosa, aquella que le salen espinas, pero aun así exhala la más bella fragancia y tierno aroma. Lilí sabe que no puede devolver el tiempo, pero sí aprovecharlo para vivirlo intensamente con su nietos. Ellos serían el impulso que potencializarían el cambio que necesitaban en sus vidas. Aquella mujer pobre, desgastada por el paso de los años, junto con su viejo Jacinto, se llenaron de fuerzas y denunciaron el crimen de su única hija, el testimonio fue corroborado por sus hijos Pedro y Raquel. Luego de ver al homicida tras las rejas, la familia decidió marcharse de la vereda. Recogieron lo poco de sus pertenencias y marcharon a la ciudad, en búsqueda de la felicidad perdida.

No fue fácil recomenzar, pero la gloria de ver a sus nietos como jóvenes profesionales, llenaron de gozo las almas del viejo Jacinto y su mujer. El tiempo se ha encargado de cobrarle justicia al asesino de su hija, pero también ha sido benévolo, en otorgarles la dicha de ver sus retoños como jóvenes profesionales, a cargo de esos abuelos que siempre, hasta el final de sus días, recordarán que la historia de su hija, nunca, jamás, se repetirá.

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